Esto es lo que aprendí de mi dolor

Este testimonio en primera persona es el claro ejemplo de que, a veces, una enfermedad se puede transformar en el motor que nos empuje a realizar nuestros sueños.

«Una cálida noche de verano del mes de Junio en Londres,  a los 28 años, me despertó un dolor. Noté un pinchazo en la espalda al que no di ninguna importancia, pero tres meses mas tarde ese dolor invadía mi cuerpo y no podía ni bajar del coche. Me puse en mano de médicos y tuve la suerte de ser diagnosticado muy rápidamente, en menos de 3 meses: Espondilitis Anquilosante, una enfermedad reumatológica crónica incurable. En ese preciso momento mi vida cambió.»

Así es como empieza mi libro Lo que aprendí del dolor (Plataforma Editorial) que acaba de salir al mercado con un claro objetivo de ayudar a aquellas personas que padecen dolor, en primera persona o en la persona de un ser querido.

Tengo que reconocer que entonces, a los 28 años, mi futuro se presentaba gris y complicado y el dolor que sufrí llegó incluso a limitar mi vida de manera extrema. Pero es inevitable aprender a vivir con ese dolor, es necesario abrazarlo, interiorizarlo  y convertirlo en parte de uno mismo, como si se tratara de una cualidad más.

Hoy, pasados unos años desde que fui diagnosticado, miro atrás en mi vida y me doy cuenta de que he llegado a transformar esta enfermedad en el motor que me empuja a realizar mis sueños y a intentar ayudar a otros a que también los consigan.

A pesar del dolor, no estaba dispuesto
a renunciar a mis sueños.

Incluso me ha llevado a transformar mi vida profesional, a reinventarme, y a dedicarme a motivar a personas y a equipos de trabajo en empresas, en las aulas y en la sociedad a través de mis conferencias de motivación, de mis programas de formación en empresas y de mis clases en universidades y escuelas de negocio.

En los años iniciales de mi enfermedad me tocó entender cómo se gestiona esta piedra en el camino. Durante más de doce años tuve que aprender a abrazar el dolor y a vivir con él cada día y a asumir circunstancias como tener que dormir sentado durante más de 5 años o pasar muchos años sin poder atarme el cordón de los zapatos, subirme un calcetín y que cosas tan básicas como estornudar, supusieron una tortura.

Pero hay que aceptar lo que nos viene y no buscar respuestas que nunca llegan a preguntas lógicas pero no prácticas. El preguntarse “para qué” y no “por qué” es una forma de aceptar, de aprender, de crecer y de sumar. Esto, junto con el apoyo constante de mi familia, y entorno más próximo se convierte en una poderosa herramienta para seguir adelante con mi vida y a hacer mas fuerte una idea que nunca me ha abandonado: A pesar del dolor, no estaba dispuesto a renunciar a mis sueños.

Es por eso que cuatro años después de ser diagnosticado aposté por cumplir mi gran sueño, dar la vuelta al mundo.

Podemos volar más alto y llegar más lejos
de lo que nos imaginamos.

Con dos kilos de antiinflamatorios en mi mochila y con toneladas de ilusión y optimismo cumplí mi sueño, salí de Madrid un día de otoño para regresar 15 meses más tarde cargado de esperanza y con la idea que cambiaría el sentido de mi vida: quería ayudar a los demás.

A la vuelta de mi gran viaje, tras unos años de readaptación a Madrid y acompañado de un tratamiento que me permite controlar el dolor me propuse retos que siempre pensé que estaban reservados para otras personas, retos que pensé inalcanzables, retos que con el tiempo, con gran dedicación, con esfuerzo y con sacrificio he logrado alcanzar y a través de los que he podido compartir con distintas asociaciones benéficas. En 2013 crucé a nado el estrecho de Gibraltar, una azaña que repetiría dos años más tarde. En 2014 cubrí a nado los 40 kilómetros que separan las islas de Mallorca y Menorca, fueron 12 horas en las que no paré de nadar. Gracias a estos logros me di cuenta de que en realidad tenemos menos límites de los que creemos. Podemos volar más alto y llegar más lejos de lo que nos imaginamos.

A lo largo de estos veinte años, durante mi enfermedad, he atravesado un camino transformador que me ha ayudado a ser mas consciente de la necesidad que tenemos los seres humanos de crecer, de avanzar para convertirnos en mejores personas y de sumar en nuestros entornos. Es a través de mi enfermedad que he encontrado mi camino, la oportunidad de cumplir sueños, el honor de comprometerme en ayudar a los demás, y poder dar esperanza a los que sufren.

Es ahora cuando doy valor a la frase que me ha movido durante tantos años: «Las adversidades preparan a las personas para destinos extraordinarios».

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